lunes, 28 de junio de 2010

Todos los caminos conducen a ninguna parte

Es quizás la frase más repetida del libro El Principito: «Lo esencial es invisible a los ojos, sólo se ve bien con el corazón» (ver post Un principito en la empresa). Tras una frase en apariencia normal, se esconde una gran sabiduría; porque como hemos dicho en otras cosas ocasiones, la autenticidad es el primer requisito de la felicidad. Es imposible ser feliz siendo otro, y para ello, como decía Herman Hesse, «la verdadera profesión del hombre es encontrar el camino hacia sí mismo», algo que sólo es posible atendiendo a los latidos del corazón, de los sentimientos, de nuestro yo más profundo.

A pesar de ello, prejuicios, convencionalismos, necesidad de aprobación de los demás, nos alejan de nuestro anhelado sueño. Sólo hay una forma de reconducir la vida, escucharnos más a nosotros mismos. Y para ello, hay que hacer más caso al «corazón» y menos a la «cabeza». El problema es que los sentimientos son el lenguaje del alma y los sentimientos no son algo tangible, cuantificable, medible. Es un tema de fe, de confianza. Alejandro Jodorowsky dice: «La filosofía busca la verdad pero nunca la encuentra, porque la verdad se siente». Excelente reflexión. De idéntico calado es el pensamiento del recién fallecido José Saramago: «Si hay que buscar el sentido de la música, de la filosofía, de una rosa, es que no estamos entendiendo nada».

En el post «La lógica del corazón», que hacía referencia al libro del mismo título de Santiago Álvarez de Mon, recogíamos varios pensamientos que van por el mismo camino. Paulo Coelho, en su obra «El Alquimista», escribe:

¿Por qué hemos de escuchar al corazón?, preguntó el muchacho.

La respuesta es concluyente:

Porque donde él esté, estará tu tesoro.

También El viejo Morrie Schwartz, en la obra Martes con mi viejo profesor de Mitch Albom, lo expresa magistralmente: «Haz las cosas que te salen del corazón. Cuando las hagas no estarás insatisfecho, no tendrás envidia y no desearás cosas de otra persona. Por lo contrario, lo que recibirás a cambio te abrumará».

Existen otros autores que también apuestan por mirar más hacia «dentro» y menos hacia «fuera». Susana Tamaro en Donde el corazón te lleve, escribe:
«Cuando ante ti se abran muchos caminos y no sepas cuál recorrer, no te metas en uno cualquiera al azar: siéntate y aguarda. Respira con la confiada profundidad con que respiraste el día en que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga: aguarda y aguarda más aún. Quédate quieta, en silencio, y escucha a tu corazón. Y cuando te hable, levántate y ve donde el te lleve».
También Carlos Castaneda, al que citamos el otro día (ver post La ciencia sólo habla de lo que sabe), en su libro Las enseñanzas de don Juan recoge las palabras del indio yaqui Juan Matos:
«Todas las sendas son iguales: no conducen a ninguna parte (...). ¿Tiene corazón este sendero? Si lo tiene, el sendero será bueno. Si no, no sirve (...). Ambos senderos conducen a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno significará un viaje alegre; mientras lo recorras, serás parte de él. El otro puede arruinar tu vida: uno te hará fuerte; el otro te debilitará».
Magníficas las palabras de Juan Matos. Hay que evitar dejarse asfixiar por la masa y por la presión exterior. Tener el coraje para viajar hacia dentro es la única manera de ofrecer un servicio auténtico a la sociedad y ser feliz.