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lunes, 19 de julio de 2010

Aquí... hay mucho cuento

En este blog hemos hablado o citado muchas veces a Pedro Ruiz. Algunos posts han sido:

- El dinero es un arma de destrucción masiva.
- La vida es una contradicción.
- RuiZcionario.

Hoy hablo de él porque en 1996 publicó un libro que no tiene desperdicio. El título: “Aquí... hay mucho cuento”. En el prólogo, escrito por Natalia Figueroa, ésta dice: “Pedro Ruiz es uno de los hombres más lleno de contrastes que conozco. Su talento es enorme. Su personalidad, brillantísima. Su agilidad mental, envidiable. Agudo observador de las cosas más pequeñas, gran conversador, magnífico oyente. Es valiente, leal, sincero. Amargo en ocasiones, desencantado a veces. Y de pronto contagia optimismo y fuerza”.

El propio Pedro Ruiz se define como “un ser viviente confuso” y dice que “la profesión más difícil del mundo es la de ser humano. El libro está compuesto de relatos “urdidos desde la travesura. Son pequeñas trampas tendidas al lector para que juegue a jugar. Hay una voluntariedad de exceso o de obviedad. Quizás ambas cosas sean el polo norte y sur de nuestras conductas”. Y continúa: “La acidez de ciertas expresiones es sólo el eco de los instintos que tantas veces apagamos por urbanidad en público, y que luego los más aparentes olvidan en la intimidad”.

Además, después de cada historia se recogen algunas reflexiones del autor relacionadas con las mismas. Algunas de esas historias son: Haz el bien y no mires a quien, Imparcialidad, Más jóvenes que nunca o El enemigo en casa. Me quedo con la siguiente que lleva por título: Los 100 negritos. Las conclusiones que las saque cada uno. Dice así:

“Fue una de las reacciones más hermosas que se recuerdan. Casi como si de una rebelión espontánea llena de sentimientos y de humanidad. Los habitantes de Villamejor de la Sierra, sensibilizados por las últimas noticias aparecidas en la prensa sobre las continuas agresiones a personas de color, habían decidido dar un paso al frente.

Torcuato, el licenciado en leyes, se había subido al balcón del ayuntamiento y había dicho las bellas palabras que prendieron la mecha:

- Mientras el mundo arde en guerras y los salvajes maltratan a los débiles... Mientras los avanzados y los cultos discuten sin llegar a conclusión alguna y se duermen en la inútil teoría... Villamejor de la Sierra, este pequeño pueblo, va dar un ejemplo práctico de hermandad. El racismo que hemos visto estos últimos meses es indigno del género humano. Todos somos iguales y no basta decirlo. Hay que demostrarlo. Y como el movimiento se demuestra andando, os anuncio que las 100 familias de este pueblo van a adoptar cada una de ellas, un niño negro. Un niño necesitado. Un niño indefenso. Para hacerlos nuestros. Para mezclar nuestra sangre. Para demostrarle al mundo que los enfrentamientos de piel y de raza, son sólo propios de mentes obtusas y corazones egoístas.
Toda la prensa nacional recogió estas palabras y sólo 3 meses más tarde, cuando llegaron al pueblo los 100 niños negros que serían adoptados por las familias del lugar, fue el pueblo más promocionado del planeta. Niños y niñas dominicanos, angoleños, somalíes, haitianos, argelinos, mozambiqueños, sudaneses y cameruneses, llegaron a la localidad y entraron a formar parte, uno por uno, de todas las familias.

Nunca la prensa del corazón tuvo más material sensible. Las revistas se llenaron de bautizos, comuniones, llegadas al colegio, juegos en los jardines, familias celebrando la Navidad y todas ellas con niñito negro.

Hubo algunos pequeños problemas de adaptación. Cada niño tenía sus peculiaridades y para los bienintencionados habitantes de Villamejor de la Sierra, no resultaba fácil asumir los idiomas, costumbres y las carencias de cada caso. Pero con bondad y paciencia, las piezas fueron encajando cada día mejor.

Los niños con edades comprendidas entre los 3 y 7 años fueron creciendo y adaptándose, cada uno a su manera, a las familias que el destino les había regalado. En general todos se acoplaron bien. Llegaron a la pubertad y la mayoría de ellos cursó estudios. Algunos destacaron en sus especialidades y nació un centenar de “negritos felices” que fueron puestos como ejemplo de la posibilidad y la obligación de los pueblos, de amarse sin límite ni prejuicios. La radiante de aquellos “cien negritos felices” era un ejemplo incontestable.

...

Han pasado 120 años. ¿Quién sea acuerda ya de los “cien negritos” de Villamejor de la Sierra? Cuando es posible se cambia de conversación. Se le ha echado tierra encima. Agua. Tras una larga agonía social y el deterioro de la convivencia, el gobierno no tuvo más remedio que sepultar el pueblo y dejarlo convertido en una gran presa.

Cuando los padres adoptivos de los “felices cien negritos” tuvieron que hacer testamento surgieron los primeros problemas. Las discusiones entre los hijos reales, blancos, y los adoptivos, negros, rompieron los pronósticos más pesimistas.

- ¿Le vas a dejar al negro lo mismo que a tu hijo de verdad?, preguntaban con ambición y cierta saña las abuelas y los parientes más cercanos.
No muy distinta fue la reacción en los casos de algunas bodas:

- ¿Pero cómo vas a permitir Aniceto que tu hija se case con ese pedazo bestia de la selva?
Según pasaban los años, las conversaciones en los bares tomaban tintes alarmantes:

- ¿Os habéis dado cuenta de que este pueblo que antes era nuestro al final va a ser de ellos, de los negros?
- ¡Cómo que ya lo es...! En diez años más, los cabezas de familias serán ellos.
- ¡Y los propietarios de las fincas de mi abuelo... coño!
- ¿A quién cojones se le ocurriría la idea de traerlos? Porque de pequeñitos... vale... pero ahora...
Las rencillas se acentuaron. Primero se llegó al insulto. Más tarde a las manos. Después al revuelo general. Y finalmente a un callejón sin salida. Hubo linchamientos, revueltas, chantajes. Y sangre. Mucha sangre.

Al gobierno no lo que otro remedio que fingir una reforma del plan hidrológico de la zona y la necesidad “inexcusable” de inundar el pueblo. Era la única forma de dispersarlos. Oficialmente en el país no habría racismo. Eso había que salvarlo. Pero se supo, ya para siempre, que una cosa es tener un niño negro en casa, adoptado y dócil, y otra muy distinta que unos negros corpulentos, y con opinión, se casen con tus hijas, controlen tu pueblo tanto como uno mismo y administren tus tierras. ¡Faltaría más!”.



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