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viernes, 13 de agosto de 2010

5 historias para reflexionar

Hoy os dejo cinco historias que me gustan para que reflexionéis durante el fin de semana. De algunas de ellas he hablado en alguna ocasión:

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1. Valor vs. Trabajo

«Cuando Whistler era ya un pintor de renombre, un ricachón le encargó su retrato. Acordaron un precio –bastante alto, pues Whistler era un artista muy cotizado–, y el maestro de las armonías cromáticas pintó el retrato en tres días. El cliente se negó a pagar la considerable suma acordada, alegando que era una retribución excesiva por solo tres días de trabajo, y fueron a los tribunales. El juez le preguntó a Whistler cuánto tiempo le había llevado hacer el retrato, y él contestó: “He tardado tres días en pintarlo y toda una vida en llegar a poder pintarlo en tres días”. Naturalmente, el ricachón tuvo que pagar el cuadro y las costas del juicio».

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2. La adversidad como despertador de talentos
«“Le quedan tres meses, prepare sus despedidas, ésta será su última Navidad”, le dijo el doctor. Y al salir del hospital caminó sin rumbo durante horas hasta que se refugió del frío en una cafetería. Sobre la mesa de madera vieja sacó su libreta y escribió los nombres de sus amigos íntimos. Eran cuatro. A continuación trazó una línea. Y siguió con la lista de los amigos “a secas”. Eran dieciséis. Trazó otra línea y siguió con los amigos antiguos, de los que no sabía nada desde hace años. Logró recordar a nueve. Trazó otra línea y pidió otro café. De repente, vino a su memoria un nombre que debería haber estado en la primera lista, pero cuya amistad se rompió años atrás por una ridícula discusión. Lo escribió con trazo tembloroso y tuvo que respirar hondo para sosegar la inquietud repentina que le embargó. A la mañana siguiente, partió en busca del último nombre de la lista. Cruzó el océano, llamó al timbre y le dio un abrazo. Cuando regresó, el doctor le citó con carácter urgente en la consulta: “Ha habido un error en los análisis, usted no tiene cáncer, le ruego que acepte mis disculpas”. Y para sorpresa del doctor, él las aceptó dándole las gracias y un abrazo».

«Los próximos 30 años», Álvaro González–Alorda (@agalorda).

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3. El poder de la utopía

«Un arquero quiso cazar la luna. Noche tras noche. Sin descansar, lanzó sus flechas hacia el astro. Los vecinos comenzaron burlarse de él. Inmutable, siguió lanzando sus flechas. Nunca cazó la luna, pero se convirtió en el mejor arquero del mundo».

Alejandro Jodorowsky

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4. El poder de la exclusividad

«En un centro comercial de Estados Unidos se colocaron sobre una mesa dos cajas con galletas para ofrecérselas al público. Daba la impresión de tratarse de la promoción del producto, pero en realidad se trataba de una investigación sobre actitudes: una de las cajas permanecía casi llena, y la otra con apenas con dos o tres galletas, como si se estuvieran acabando. “¿Cuál es la que sabe mejor?”, preguntaban los encuestadores a cada persona que probaba las galletas. A la mayoría de la gente le gustaba más la galleta de la caja que se estaba acabando. Cada hora las cajas se intercambiaban de posición y los resultados se mantenían iguales. Un detalle: las dos cajas contenían el mismo tipo de galletas; la única diferencia era la aparente escasez de una de ellas».

«La comunicación eficaz», Lair Ribeiro.

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5. Lo de «fuera» es lo de «dentro»

Un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta un martillo. El vecino tiene uno. Así, pues, nuestro hombre decide pedir al vecino que le preste un martillo. Pero le asalta una duda: ¿Qué? ¿Y si no quiere prestármelo? Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizá tenía prisa. Pero quizá la prisa no era más que un pretexto, y el hombre tiene algo contra mí. ¿Qué puede ser? Yo no le hecho nada; algo se habrá metido en la cabeza. Si alguien me pidiese prestada alguna herramienta, yo se la prestaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo él también? ¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? Tipos como éste le amargan a uno la vida. Y luego todavía se imagina que dependo de él. Sólo porque tiene un martillo. Esto ya es el colmo. Así nuestro hombre sale precipitado a casa del vecino, toca el timbre, se abre la puerta y, antes de que el vecino tenga tiempo de decir «buenos días», nuestro hombre le grita furioso: «¡Quédese usted con su martillo!».

«El arte de amargarse la vida», Paul Watzlawick.

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