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lunes, 25 de octubre de 2010

Errar y aprender: el ejemplo de los niños

Entre mis papeles encontré el otro día este artículo del profesor del IESE Santiago Álvarez de Mon (autor de No soy supermán, Desde la adversidad o El mito del líder) publicado hace algún tiempo en Expansión y Empleo que no tiene desperdicio. Llevaba por título: Errar, relativizar, aprender. Dice así:

"La historia no tiene tiempo para hacer justicia. Enumera sólo los éxitos. Sólo se fija en los vencedores, dejando a los vencidos en la sombra, rara vez los mide con criterios morales." Releyendo a Zweig reflexionaba sobre el compromiso pedagógico del liderazgo. Sea un colegio, hospital, empresa, es crítico hacer de la institución de turno un granero fértil de talento.

En esa delicada tesitura, errar y aprender son verbos que marchan parejos. Estudiemos la infancia, edad en la que la aventura del aprendizaje alcanza registros irrepetibles. ¿Cómo mira un enano de doce meses la realidad circundante? Con asombro y curiosidad, fuente de tantas travesuras. ¿Cómo echa a andar? Con determinación y constancia. Si se tropieza, no oculta su caída, no se pone colorado. Sólo los padres sufren, él se curte.

¿Cómo se lanza al universo de la palabra, hablando como los indios, como los políticos? Con descaro y sentido del humor. Mientras todos se ríen, él rivaliza con Demóstenes. Así sucesivamente, siempre con la decisión y la acción como herramientas familiares de su desarrollo.

En esos rincones infantiles, ¿no ocupaba el error un lugar central? ¿Qué ha sido de nuestra antaño increíble capacidad para aprender? ¿Son sólo los idiomas lo que se nos atraganta? ¿Por qué la respuesta infalible e inmediata, cuando la sabiduría ancestral recomienda la humildad de la pregunta? ¿No se pierden lecciones valiosísimas cuando el error no es tratado con responsabilidad, humildad, paciencia y generosidad?

Ed Lond, fundador de Polaroid, dice: "Un error es un acontecimiento cuyos beneficios todavía no se han convertido en una ventaja." En el caso de los niños es evidente. Aquel traspié dio paso al corredor de fondo. Aquella agresión a Cervantes alumbró un escritor elegante. ¿Por qué, entre adultos, el error se transforma en fracaso? ¿Por qué mi trama mental interior me culpabiliza y maniata? ¿Será que la presión exterior, el ceño fruncido del jefe, mi propia debilidad o soberbia contaminan el proceso?

Si es así, estaré tentado de aparentar saberes superficiales y esparcir responsabilidades en el lodo colectivista. ¿De verdad quiere que su empresa esté lista para el futuro? ¿Ansía que el rigor y la profesionalidad constituyan valores diferenciales? Si la respuesta es afirmativa, haga las paces con el error, padre fiable de la excelencia. ¿Cuántos errores ha cometido su colaborador en los últimos meses? ¿Ninguno? Sospechoso; vago, réplica falsa de Superman, o petulante que vende humo.

En la relación jerárquica con el jefe, ¿hay espacio para la equivocación? ¿Se juega su sueldo, promoción o contrato cada vez que decide? En su particular conversación privada, ¿se concede el derecho constitucional a equivocarse? ¿Cuándo experimentó por última vez la desazón interior de la primera vez? ¿Vive instalado en el fuerte de lo seguro o se aventura en la magia de lo incierto?

Si pasear e investigar por las regiones indómitas del error le es prohibido, tiene un problema. Si se adentra en lo desconocido y le echa valor, lea a Kipling. "Si tropiezas en el triunfo y llega la derrota, y a los dos impostores les tratas de igual modo, serás hombre, hijo mío." Acertar, errar, son los dos carriles del trayecto humano. Ésa no es la cuestión, querido Watson, sino recoger las evidencias que la vida deja en el suelo y aprender mientras se disfruta el viaje

* Hoy hace un año publicábamos: Sentido común: Good-Cheap-Fast.


9 comentarios:

Katy dijo...

Buena pregunta: ¿Por que en los adultos el error se convierte en fracaso?
Porque nos han metido en cerebro la competitividad y la obligación de contabilizarlo todo.
Y se nos olvido grabar a fuego, la humildad, el relativizar,y el levantarnos y continuar.
Bello poema que tengo enmarcado "If" de Kipling.
Una entrada para reflexionar.
Un abrazo y feliz semana

Fernando López Fernández dijo...

Hola Francisco:

Como no nos enseñaron a relativizar el erro se convierte en fracaso, así hay mucha más gente más pendiente de no errar que de avanzar. Lo malo de esto, es que la historia demuestra que los errores se reproducen.

Un abrazo

Tío Eugenio dijo...

Efectivamente, a veces no avanzamos por equivocarnos. De pequeños jugamos al ataque, con alegría. Ya de mayores, jugamos al cerrojazo, que no nos metan goles.
Y eso que estamos en España, donde tenemos cierta permisividad con los patinazos. En sociedades más competitivas, como la japonesa, no te digo.
Muy interesante, hoy.
Un abrazo,
ug

Fernando dijo...

Otra vez fantástico, Paco. ¡Lo que aprenderíamos si viésemos las cosas con la mirada de un niño!

Gran frase la de Fernando. ¡Qué importante es relativizar!

Un fuerte abrazo

FAH dijo...

@katy. gracias. estoy contigo, se contabiliza todo, generalmente en bueno y malo... los juicios siempre... Y desde luego, Kipling y su poema es siempre un referente. abrazo.

@fernando lópez fernández. gracias. desde mi punto de vista el fracaso no existe. Existe mucho miedo al ridículo, al que se equivoca se le hace chanza, una pena. Es imposible avanzar sin caer. un abrazo.

@tío eugenio. gracias. buena metáfora futbolística... el deporte siempre nos da ejemplos. creo que nos queda mucho que aprender sobre lo que es la gestión del error. un abrazo.

FAH dijo...

@fernando. gracias. los niños, para mí, son los grandes genios de la vida, siempre lo he pensado así. es el estado más puro del ser humano. abrazo.

benito dijo...

Fantastico texto y un punto de vista poco tratado. Gracias por el aporte, me ha hecho pensar.

FAH dijo...

@benito. gracias x pasar. para mí los niños son los grandes genios de la vida. El problema que les enseñamos a ver la vida con ojos de adulto, y ahí se fastidia todo. abrazo.

Ramón dijo...

El mayor error de nuestro sistema social es que hoy en día no permitimos que nuestros hijos se equivoquen.

Las reformas educativas les han permitido pasar de curso sin necesidad de esforzarse.

No nos gusta que jueguen en la tierra, por si pillan algo. No nos gusta que estén enfermos...

Incluso cada vez es más frecuente ver cómo los padres, quienes ostentan la máxima responsabilidad sobre la educación de sus hijos, se enfrentan a los profesores quitándoles la ya poca autoridad que les confiere el sistema.

Si no nos equivocamos nos perdemos una parte del aprendizaje de la vida, aquella que, probablemente, sea la más dura, pero a la vez la más instructiva.

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