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miércoles, 24 de noviembre de 2010

Auschwitz y la fotitis

Hace algún tiempo escribí un post titulado: Cuidado con los “itis”. Allí hablábamos de algunos males actuales como la idiomitis, la titulitis o el networkingitis. También se podrían añadir, por ejemplo, la famositis o la fotitis. Hoy me detendré en esta última.

Hace un par de años estuve en Polonia, primero en Varsovia, la capital, y luego en Cracovia (ver post Pinceladas de Polonia). A menos de una hora de Cracovia está Auschwitz, un complejo formado por varios campos de concentración nazi donde se aniquilaron a miles de personas durante la II Guerra Mundial (alrededor de 2 millones) y en cuya entrada está la inscripción: Arbeit macht frei (El trabajo os hace libres) que fue robada en 2009. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979.

En aquella visita tuve la pésima suerte que me toco un guía que se notaba que estaba ahí únicamente para ganarse el jornal, porque no demostraba ningún interés ni emoción en lo que contaba, un episodio impactante de la historia reciente. Recuerdo que una señora dijo: “Creía que me iba a impactar más”. De lo que no se dio cuenta esta mujer es que el motivo de su escasa sorpresa y emoción era que el guía no había sabido transmitir dónde estábamos y lo que había ocurrido en aquel lugar. Su tono de voz era el mismo todo el rato y además daba su discurso de carrerilla, un guión excesivamente memorizado. El lugar impresiona y si uno va en una época con poca luz y frío y nieve, aún más.

Pero a lo que íbamos: ¿Por qué hago toda esta introducción? Porque después de estar un par de horas deambulando por allí, la visita termina en la cámara de gas, lugar en el que murieron miles de personas a manos de la maquinaria nazi. Mucha gente aprovecha para sacar fotos –algo normal– pero lo que me sorprendió fue la frivolidad del momento, personas sonriendo y haciendo gestos como si fuese aquello fuese un trofeo. Lo importante era la el recuerdo, el demostrar haber estado allí. Hoy día viajar es cool, vende socialmente y cuanto más lejos mejor, porque el glamour de un viaje se mide por los kilómetros de distancia desde el punto de origen. Queda bien decir que uno ha estado en un sitio otro. Lo de siempre, la cultura del envase que nos decía Eduardo Galeano: importa más el matrimonio que el amor, el funeral más que el muerto, la misa más que Dios, la ropa más que el cuerpo… y yo añadiría, la foto más que el viaje que es preciso colgar rápidamente en alguna red social para dar cuenta de ello.

El pasado domingo, Arturo Pérez-Reverte, en su columna en XL Semanal del ABC escribía un artículo titulado: Fotografié Auschwitz, Caballero. Lo reproduzco y que cada uno saque sus conclusiones. Dice así:

«No sé si está usted al corriente. Quizás, en uno de los doscientos puentes vacacionales que los españoles disfrutamos al año «de la crisis nos va a sacar Rita la Cantaora» decida cambiar Canarias, Roma o Punta Cana por Auschwitz. Que igual le suena, aunque no me sorprendería lo contrario. En cualquier caso, estoy seguro de que ese campo de exterminio, avión y hotel incluido por ciento ochenta euros más IVA, se convertiría en destino de turismo masivo en cuanto la mafia de las agencias turísticas decidiera ponerlo de moda con tarifas y ofertas adecuadas. En cualquier caso, si usted se anima, sepa que tras visitar la cámara de gas, las dos toneladas de pelo rapado y las montañas de maletas y zapatos, podrá comprar en la tienda, justo al lado del sitio por donde entraban esos trenes con judíos que salen en las películas, postales de Auschwitz y de Birkenau para mandar a las amistades «Esto es muy fuerte, deberías verlo. Besos. Manolo.», e incluso bonitos carteles para adornar la pared, en plan póster, por el módico precio de diez zlotys polacos, que son tres euros de nada.

Pero sobre todo, si viaja allí, lo genial es que usted y su familia, o su pareja, o quien puñetas le haga compañía, podrán inflarse a sacar fotos: cientos, miles de fotos con la cámara del teléfono móvil. Ésa que ahora todos disparan con la celeridad del relámpago en cualquier circunstancia, clic, clic, clic. Relámase de gusto: fotos de las alambradas, de los barracones, de las ruinas del crematorio número 2, de la escultura que reproduce con realismo «Parece que estén vivos, Encarni, retrátame con ellos, anda» los cuerpos esqueléticos de tres prisioneros. Fotos de otras fotos que los nazis tomaron y que ahora ilustran las paredes del museo con momentos gloriosos en la historia de Alemania y la raza aria. Fotos de latas de veneno, montones de gafas, prótesis, brochas de afeitar. Fotos de aquí te pillo y aquí te mato, usted mismo sonriendo con una mano puesta en la alambrada, o la ineludible instantánea bajo el arco de la entrada con el rótulo «Arbeit macht frei»: El trabajo libera. Fotos, en fin, fáciles de hacer gracias a la tecnología moderna, listas para ser enviadas en el acto a la familia, a los amigos, a los compañeros de trabajo. O a su señora madre de usted. Fotos hechas con tanta frivolidad y tanto despego como lo que somos cada vez más. Como lo que seremos ya para siempre. Ayer presencié en Madrid un accidente de automóvil.

Cataclás. Nada importante: un leñazo entre dos coches, con mucho ruido, airbags disparándose y toda la parafernalia. Había cerca unas cincuenta personas; y no exagero en absoluto si digo que al menos treinta sacaron sus teléfonos móviles y se pusieron a fotografiar la escena. No sé para qué deseaban registrar aquello, la verdad. Qué utilidad tendría conservar la imagen de dos coches abollados. Pero el caso es que así lo hicieron, clic, clic, clic, y luego siguieron su camino, la mayor parte sin preocuparse de averiguar si algún conductor necesitaba ayuda. Tenían la foto, y punto. Habían cumplido con la exigencia de un ritual tan fácil y barato como el fin de semana en Cancún. Si alguien hubiera preguntado el motivo, lo habrían mirado con desconcierto y sincera sorpresa. Para qué, entonces, tienes una cámara gratis en el móvil, sería la respuesta. ¿Para no usarla? Y así van por la vida, y así vamos. Sin detenernos siquiera. Sin ver el mundo más que a través de un teléfono móvil o una pantalla de televisión. Luego nos preguntan por lo que fotografiamos y se nos pone cara de escuchar una gilipollez. ¿Pues qué va a ser? El motorista que se ha partido el espinazo, la señora desmayada en la calle, el manifestante que rompe escaparates, la mancha de sangre en la acera.

Lo de menos es averiguar las causas y las consecuencias. La foto capturada con nuestro teléfono móvil, el acto mecánico de tomarla, sustituye a todo lo demás. Así podemos pasar por Auschwitz como los rebaños de borregos que somos, sin detenernos ni hacer preguntas, como pasamos frente al Coliseo de Roma, Las Meninas, la plaza de las Torres Gemelas de Nueva York, el tipo al que acaban de dar un navajazo y se desangra en el suelo, el coche despanzurrado en la carretera con cuatro pares de piernas asomando bajo las mantas. Sin mirar apenas, sin indagar siquiera qué ha pasado allí. Sin importarnos un carajo lo que vemos. Clic, clic, clic. Es gratis y no requiere esfuerzo. Luego seguimos adelante, a lo nuestro. Ya lo analizaremos otro día. Y si no, tampoco pasa nada. ¿Víctimas? ¿Verdugos? ¿Cómplices? Para qué meternos en dibujos. Tener la foto es lo que cuenta. Archivarla estérilmente con el resto del mundo y la vida. Un instante de imagen. Luego, nada. El vacío absoluto. La anestesia del olvido».

* Hoy en el blog de Fútbol: Fenómeno de Fenómenos, tenemos a Iya Traore, un football showman que actúa en el barrio bohemio de Montmatre en Paris donde se acumulan los artistas callejeros y que no os podéis perder porque merece mucho la pena... (el vídeo cortesía de Katy Sánchez de Tocando otros palillos).


9 comentarios:

Miguel dijo...

Personalmente hace mucho que tengo ganas de visitar Auschwitz, pero no por morbo o para hacer fotos, sino como respetuoso estudioso del tema. Me impresionaron mucho libros como el de Laurence Rees. Ahora el escenario de la industria de la muerte se quiere transformar en uno más en la industria de la banalidad. Es una pena que existan tantos escenarios hermosos en los que hay que renunciar a su disfrute, pues se encuentran tomados por hordas de turistas deseosas de realizar el ritual de la foto, sin preguntarse siquiera por el sentido del escenario que están fotografiando.

Un saludo y felicidades por el blog.

Fernando López Fernández dijo...

Hay sitios que hay que visitar con el debido respeto y Auschwitz (que no lo conozco, es uno de ellos) Lo importante no es, para i, si se toma o no una foto, si no saber el por qué se toma, para qué se toma y como se toma. Como apunta Miguel hay que preguntarse el sentido de lo fotografiado.

Creo recordar que hace tiempo tanto Pedja como tu hablasteis de lo del guía de Auschwitz y es cierto, un mal guía puede etropear todo.
Un abrazo

Katy dijo...

Quien ha vivido una guerra, compatido estancia en campos de refugiados no creo que lo que importe es hacer el click con la máquina. Cuando pisas ese escenario te duele el alma y casi ni te atreves a respirar. Comparto contigo esta visita que realice hace unos tres meses si te apetece leerla o al menos ver las "fotos"
Un abrazo
http://katy-ciudadanadelmundo.blogspot.com/2010/09/sachsenhausen-reviviendo-la-historia.html

Pedja dijo...

Me consta que auqel fue un gran viaje Paco. Dicen que en cracovia se te vio pidiendo sosichis por la plaza mayor. Hay testimonios por lo visto. TRas visitar Auschwitz yo me prometí no volver a un campo de concentración, abrazos, amigo.

FAH dijo...

@Miguel. gracias. Estoy seguro que te gustará el sitio. Impresiona, la verdad. No he leído los libros de Laurence Rees, pero lo haré. Hacer fotos y que ya turistas no es malo, pero con un cierto sentido, creo yo. abrazo.

@fernando lópez fernández. gracias. totalmente de acuerdo contigo. La fotografía es maravillosa, a mí cada vez me gusta más, pero también debe haber un respeto en ciertos sitios, como apuntas, que fue lo q me chocó a mí. abrazo.

@katy. gracias. ya he leído tu post q está muy bien. Conocía ese blog tuyo pero no paso mucho, pero espero hacerlo más frecuentemente porque cuentas cosas muy interesantes. abrazo.

@pedja. gracias. jaja, hay material gráfico de ello... las sosichis de la plaza del mercado, gran sitio. abrazo.

JLMON dijo...

Recuerdo uno de mis primeros viajes al Sahara y cómo fotografiando a una niña bereber me cruce con su mirada de serena indignación, aquello me curo de ese mal que Reverte ha "fotografiado" con esa mala leche que le caracteriza.
Un saludo

FAH dijo...

@JLMON. gracias. nunca es fácil, sobre todo cuando se viaja a otras culturas, conocer donde están los límites entre lo correcto y no. Experiencia, como siempre. Un abrazo.

Nacho Cambralla Balaguer dijo...

Hola Francisco.
Hace 5 años estuve una semana de vacaciones en Praga con 3 amigos más. Desde allí, un día tomamos un autobús de línea para ir hasta Terezin, una población cercana que es conocida por el campo de concentración nazi que aún conserva. No es muy conocida, no van muchos turistas y no teníamos guía, simplemente un mapa indicando el nombre de cada una de las salas. Los 4 amigos empezamos a deambular por el lugar, llevados por nuestro propio instinto, y como apenas habían turistas la sensación de soledad era brutal. El lugar era tremendamente austero y enseguida venían a mi mente cantidad de imagenes que todos hemos visto en muchas películas. El estómago se te encoge y el lugar me absorbía dejándome profundamente conmocionado. Acabamos visitando el museo y volviendo a Praga en el mismo autobús de línea lleno de parroquianos, los 4 amigos callados, absortos en nuestros pensamientos sobre lo que acabábamos de presenciar, algo difícil de olvidar.
Por cierto, creo que solo hice una foto de la entrada con el famoso "Arbeit Macht Frei".
Saludos

FAH dijo...

@Nacho Cambralla Balaguer. Gracias x pasar y x tus comentarios. Estuve en Praga hace tiempo pero no sabía de ese lugar. Cuando vuelva por allí iré seguire. Imagino que fue una experiencia impactante. Impresionan los campos de concentración. Un abrazo.

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