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miércoles, 22 de diciembre de 2010

Cómo sobrevivir a uno mismo

Os dejo las siguientes palabras de Ángel Gabilondo. De todo lo dicho me quedo con: «Quien no se quiere es peligroso. Quien se gusta demasiado también. Éste es el desafío: quererse sin, tal vez, gustarse». Aquí va:

«Bien es sabido que convivir no es fácil, ni siquiera con uno mismo. La singularidad es tan irrepetible que, en ocasiones, resulta excesiva. Nada es más exigente que encontrarse diariamente con que uno ha de soportarse. Y no ya sólo por lo monótonos que parecemos, sino porque, en verdad, conocemos bien nuestras insuficiencias y obsesiones. Somos más reiterativos de lo que creemos. Con todo, no es la repetición lo más insufrible. Estamos poblados también de frustraciones y de culpa. Y no exclusivamente por las cosas hechas mal, sino por tantas otras desatendidas, no cumplidas, olvidadas, descuidadas. Una vida es una ingente cantidad de tareas sin realizar, de vidas no vividas. No es que hayamos de incidir en remordimientos, ya se ocupan ellos de efectuar su labor, aunque el mayor de los pesares suele obedecer, en última instancia, a lo no hecho, por indecisión, por torpeza, por vagancia o, incluso sencillamente, por esa dejadez tan activa que nos impulsa a vernos acunados por los acontecimientos, adormilados por lo que nos pasa.

No son sin embargo las tareas no efectuadas o mal hechas las que conforman el temblor de nuestro corazón. Los otros, el otro, éste o aquélla, el afecto no dado, no acogido, el daño ocasionado, la respuesta tibia, insuficiente, o negada, el desamparo provocado, la desatención, cuando no simplemente el descuido, forman parte de aquello con lo que tenemos que vivir y que ya nos constituye. Cada día hemos de decidir reconociendo lo elegido, siquiera en el modo de una indiferencia, nos acompañará siempre. Hemos de saber que quizá lamentaremos no haber estado a la altura de las circunstancias, en definitiva no haber sabido querer y, ni siquiera, querernos. En cada ocasión, vayamos donde vayamos, allí estamos. Hagamos lo que hagamos, tenemos que ver con ello. Abrazar nuestras carencias no es cómodo. No hacerlo es suicida.

No es cuestión de resignarse, ni de castigarse permanentemente de modo cada vez más sofisticado, ni de compadecerse de sí mismo, como si uno fuera la principal víctima de la injusticia del mundo. Y, menos aún, de dejarse gobernar por los propios estados de ánimo, ni de que los trabajos nos dominen y las relaciones nos agobien. Quien no se quiere es peligroso. Quien se gusta demasiado también. Éste es el desafío: quererse sin, tal vez, gustarse. De lo contrario seremos, simplemente, poco soportables. Sobreponernos a nuestra, a veces, insidiosa compañía es también trabajar y soñar por encima de nuestra realidad, resucitar cada día y liberarnos de la resistencia a abrazarnos también a nosotros mismos. Y recrearnos para sobrevivirnos gozosos en cada ocasión».

Alguien con quien hablar, Ángel Gabilondo, págs. 121-123.
                                                                                                                                                 

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