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miércoles, 26 de enero de 2011

La alegría es un desafío

Muchas veces he citado aquí a Ángel Gabilondo (San Sebastián, 1949), Ministro de Educación y catedrático de Metafísica además de antiguo rector de la UAM. Lo hicimos en tres posts: Otra mirada de los políticos, Alguien con quien hablar y Cómo sobrevivir a uno mismo.

Le cito nuevamente porque he empezado a leer uno de sus libros: Palabras a mano, que tiene muy buena pinta. Acabo de empezar, pero al final del libro recoge una entrevista que tuvo en La Contra de La Vanguardia. Fue con Ima Sanchís el 3 de mayo de 2006 y el titular fue: "La alegría es un desafío". Han pasado casi cinco años, pero merece mucho la pena. Para pensar. Me quedo con: "Hay que saber mucho para ser sencillo" y "somos archipiélagos: conjunto de islas unidas por lo que nos separa".

Reproduzco la entrevista.

¿Cómo es una vida bella?
Desde luego, no es un artefacto, algo acabado y perfecto. Yo creo que somos artífices de nuestra vida, nos vamos haciendo.

Elija un camino.
La sencillez. Hay que saber mucho para ser sencillo. La sencillez es un resultado; la simpleza, un estado primario. Me gustaría llegar un día a ser sencillo.

Ya, pero cómo se llega...
Desde luego, no solo. Uno solo se ensimisma, se enquista, se vuelve autosuficiente. Creo que necesitamos el desafío permanente de los otros, esa irrupción que nos trastorna y nos altera pero que nos hace vivir.

¿Y por qué el otro nos trastorna tanto?
Porque no es otro como yo. En general, no buscamos al otro, buscamos a alguien como nosotros para no vernos muy desafiados. Pero es una suerte encontrarse en la vida con alguien otro de verdad.

La alegría no ha de reducirse a la llamada felicidad, dice usted.
Hay éticas de la felicidad e incluso anuncios televisivos en los que se dice: "Sopas hechas con felicidad"; parece que es un ingrediente, un aditamento. Yo más bien apostaría por la alegría, por el gozo de vivir.

La alegría se cultiva.
La alegría es un desafío, algo por lo que hay que luchar. No comparto los discursos quejosos de esa gente que está siempre gimiendo y lamentándose. En una sociedad blanda, acomodada y tibia, la queja se ha convertido en un instrumento que se utiliza con demasiada facilidad.

La alegría da trabajo.
Hay que emprender cosas, sí. En general, estamos muy aburridos y eso nos produce una vida gris más o menos adornada. La alegría nace del desafío, de correr el peligro de vivir, de hacer de la vida una experiencia.

Pensar diferente, ¿cómo hacerlo?
Hay que vincular el pensar al vivir y a nuestras palabras. De manera que digamos lo que pensamos, y pensemos y hagamos lo que decimos. Un pensamiento implicado en la transformación de uno mismo es muy innovador, porque el pensamiento empieza por transformarse a sí mismo.

La curiosidad mueve al pensamiento.
Sí, la curiosidad de ver si podemos ser otros que los que somos. Pero nuestro pensamiento es poco curioso, tiende a confirmar lo que ya existe en vez de crear algo distinto.

¿Y cómo sacudirse las telarañas?
En general, somos seres aislados y tenemos una idea de las relaciones personales como si fueran un movimiento que lleva del uno al otro, una especie de yo yo y tú tú. Si uno piensa en Platón, entenderá que el eros,el amor, es el movimiento que pone a los dos en la dirección de algo.

Hasta que empiezan las diferencias.
Encontrarse a alguien con quien iniciar un itinerario hacia alguna cosa distinta es un regalo fantástico, pero hay que valorarlo. Deberíamos ser como los archipiélagos, conjunto de islas unidas por lo que las separa.

Después de tantos filósofos, ¿cuáles son las conclusiones que le han servido para vivir?
La intensidad es un factor determinante para la dicha. No se trata, creo, de hacer grandes cosas extravagantes, sino de cuidar los detalles de la vida, darle mucha intensidad a cada instante. Piense en esos animales que viven cuarenta horas...

¿Dar belleza a nuestra forma de vivir?
Sí, pero en el sentido griego, en el que la bondad, la belleza y el bien están unidos. Nosotros hemos hecho de la belleza algo esteticista que se logra a través de una especie de ataques de atletismo, pero hemos olvidado cultivar nuestro modo de ser.

Me sabe mal hablar en este contexto de la muerte.
Entonces, mejor hablar como mortales, entendiendo que cada instante no volverá. A mí, ser mortal me ayuda a vivir gozosamente y a darle a cada instante mucha fuerza.

Es curioso que nos empeñemos en vivir como si no fuéramos mortales.
Porque vivir como un mortal es exigente. A mí, lo que me asusta es echar a perder la vida. En realidad, nos pasamos la vida ocultando que somos efímeros (en griego: seres de un día). Somos cotidianos, como el pan, como el periódico; somos de a diario, y esto no es un obstáculo para la alegría.

Pero nos llenamos la vida de obstáculos.
Toda una gran operación para olvidar. Desde luego, esa obsesión por el trabajo sólo puede deberse a algún tipo de olvido. Si tuviéramos esa conciencia de finitud, probablemente seríamos menos productivos.

¿Qué idea le sacude a usted más?
Lo que más me ha costado es aceptar la soledad y el fastidio constitutivo, aprender a vivir con esa incomodidad que llevamos dentro y que casi siempre le achacamos a otro.

Sé a qué incomodidad se refiere, ¿pero de qué se trata?
Somos personas quebradas, no somos seres acabados ni plenos. Hay que entender que no es que tengas una herida, sino que eres una herida. La gente que no asume eso suele ser muy quejumbrosa y culpa a los demás de esa incomodidad que nos constituye.

¿Qué hacer cuando sufres?
Luchar: yo no creo que el sufrimiento redima. El sufrimiento destruye y deteriora, no construye. A mí, la gente sin placer me parece peligrosa y resentida, me asusta.

¿Con qué idea se quedaría?
El lenguaje es un principio extraordinario de realidad; el pensamiento es acción. El problema es que hay mucha actividad y poca acción, porque una acción produce una verdadera transformación de sí y de lo que hay; las actividades no transforman nada.
                                                                                                                                                 

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