miércoles, 3 de agosto de 2011

Es imposible ser feliz sin entregarse

En el post Aquel que no es dueño de su vida se delata, dedicado al cantante Antonio Vega, recogíamos las palabras de éste en una entrevista. Decía: "Si tú entregas todo, no puedes entregar a medias. Si no das, no das nada; si lo das, lo das todo".

Más adelante recogíamos las palabras de Antonio Jorge Larruy, investigador en autoconocimiento, en La Contra de La Vanguardia cuyo titular era: Sólo viven a fondo quienes se entregan.

En el post ¿Sabe qué tipo de compromiso tienen sus empleados? decíamos: "De acuerdo con las investigaciones de Meyer, Allen y Smith, deberíamos distinguir tres tipos de compromiso:

– Afectivo: se da en aquellos trabajadores que están en la empresa porque quieren y desean hacerlo, porque entienden que es el mejor lugar para trabajar.

– Normativo: se aplica a aquellos que están en la compañía porque creen que así deben hacerlo.

– Continuista: se produce en esos trabajadores que continúan en una organización porque no tienen otra opción.

Según Peter Senge, autor de La quinta disciplina y La quinta disciplina en la práctica, en las organizaciones "el 90% de la parte del compromiso que creemos que tienen nuestros profesionales no es compromiso sino conformidad". Que cada uno saque sus propias conclusiones.

Sabemos, siguiendo a Dave Ulrich, autor entre otros libros de El código del nuevo líder (LID, 2009), que el Talento es el producto de Capacidades por Compromiso (en un determinado Contexto), donde el Compromiso actúa como factor apalancamiento. Es imposible la excelencia sin compromiso, a lo sumo se cubrirá el expediente y poco más. Pero para que exista Compromiso se requiere algo previo. La materia prima de la que está hecha el Compromiso es la Autenticidad. El Compromiso nace de ahí, y por ello dedicamos el post de ayer titulado a este tema. Ser sincero con uno mismo es el primer requisito para que el Compromiso (la entrega incondicional) florezca, nazca y esté dispuesto a alcanzar metas elevadas.

Hoy he recordado esta historia que la descubrí gracias a Javier Martínez Aldanondo, Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria (Chile). Dice así:

Un caballero entra en un bar, se sienta en la barra y le pide un Bloody Mary al barman que le atiende. Al cabo de pocos minutos, le sirven el cocktail y tras probarlo, llama al barman y le dice:

Este es un Bloody Mary bastante mediocre. ¿Me quiere decir que no puede prepararme un Bloody Mary mejor?

El barman sorprendido pide disculpas, retira el vaso y se dirige a la cocina a preparar un segundo cocktail. Instantes más tarde se presenta, temeroso, con un nuevo Bloody Mary que ofrece a su incómodo cliente:

Humm, este Bloody Mary está mucho mejor que el anterior aunque creo que se puede mejorar. Quiero que me traiga el mejor Bloody Mary que usted haya preparado jamás.

Desesperado y confundido, el barman vuelve a la cocina, revisa un par de libros de cocktails, consulta en Google, llama a un colega y pone todo su esmero en la tercera versión de la bebida. Cuando el cliente lo prueba exclama:

Excelente, esto ya es otra cosa, sólo tengo una pregunta: ¿Me puede explicar por qué no me lo sirvió así la primera vez que se lo pedí?

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