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jueves, 18 de octubre de 2012

No hay mayor pobreza que la soledad

Hace algún tiempo, en el post 50 preguntas (y respuestas) breves sobre la vida y la empresa, nos preguntábamos y respondíamos al mismo tiempo:

– ¿Lo peor en la vida? Sentirse solo. 

Una de las películas que he visto muchas veces, y que sigo viendo de vez en cuando, es El expreso de medianoche (1978) de Alan Parker (puedes verla completa en el siguiente link). Dura y dramática, basada en una historia real y con una banda sonora excelente (Oscar de ese año), en una de las escenas, cuando el protagonista de la cinta, Bill Hayes (Brad Davis) lleva ya una temporada metido entre rejas, dice en un ataque de sinceridad:

– La soledad es el dolor físico que se siente de los pies a la cabeza. No se la puede aislar en una parte del cuerpo.

El escritor Víctor Hugo apuntaba cierta vez: «El infierno está todo en esta palabra: soledad». Es bueno estar en contacto con la gente. Ya hablamos de este tema en Los riesgos de la soledad mala, pero hoy repetimos. Sabemos que el hombre es un ser social por naturaleza. Por tanto, si la red de amigos no es amplia es conveniente tomar la iniciativa y apuntarse a actividades que permitan estrechar vínculos. El aislamiento, salvo excepciones, va consumiendo a la persona y fomenta una visión más pesimista de la vida que además repercute claramente en nuestro bienestar físico y mental. Eduardo Punset escribía en un artículo: «La falta de una red de amigos y familiares repercute en la salud tanto como el tabaquismo».

En un estudio llevado a cabo en Suecia se observó a 180.000 hombres y mujeres durante el plazo de seis años. Según estas observaciones se concluyó que aquellos que se sentían más aislados tenían un riesgo cuatro veces mayor de morir prematuramente. La sociabilidad refuerza las defensas de nuestro organismo.

En otra investigación en la que participaron 334 individuos se analizó la relación entre su sociabilidad y la eficacia de su sistema inmunitario. Primero respondían a entrevistas sobre la cantidad y calidad de sus relaciones en la vida cotidiana y después se les exponía al virus del resfriado. Los resultados demostraron que cuanto más sociable era la persona, menos susceptible era al contagio, con independencia de su edad y su estilo de vida.

La soledad continuada debilita. Estamos hechos para compartir. Necesitamos del contacto afectivo, físico, emocional. Los momentos especiales de nuestra vida reúnen, desde mi punto de vista, dos requisitos: primero, son momentos asociados a emociones positivas de alegría, entusiasmo o solidaridad, entre otras; y segundo, son momentos compartidos, vividos con otras personas importantes: amigos, familia, pareja.

La psicoterapeuta Irmtraud Tarr, autora de El consuelo, explica: «En nuestro tiempo, la mayoría de la gente está muy sola, vivimos en una sociedad excesivamente individualista. Tenemos un cerebro social, y para sobrevivir nos necesitamos los unos a los otros. Compartiendo los estados emocionales de otras personas nos sentimos directamente concernidos y se despiertan en nosotros la simpatía y la compasión, que nos mueven a la acción». No es casual que Aristóteles afirmase hace 23 siglos: «Nadie cambiaría todas las riquezas de este mundo por una vida sin amigos».

Y un último apunte: se puede estar muy solo rodeado de mucha gente. El no estar solo no tiene que ver con cuánta gente hay alrededor sino con cuántas de ellas conectas emocionalmente.

* Hoy en Libros de Management (@librosdemanagem) puedes ver una Entrevista con Gabriel Ginebra sobre su último e interesante libro: El japonés que estrelló el tren para ganar tiempo; y también una Reseña de Coaching por Valores.
                                                                                                                                                              

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